Por Alejandro Cabero, corresponsal designado por destino y por amor al sufrimiento futbolero
Una tarde de domingo, 82 grados de calor y 17.898 testigos. Todos ellos salieron del Children’s Mercy Park con la misma sensación que se tiene cuando uno va a un asado y el asador se olvidó los cerillos para prender el fuego. Algo no cuajó. Algo se fue sin cocinar. Algo se nos fue de las manos. Y no fueron precisamente las costillas de la res.
Sporting Kansas City cayó 4 a 2 ante unos Portland Timbers que llegaron como turistas con sombrero de paja, y se fueron como dueños del bar. Cuatro goles que no nacieron de las brujerías de Pelé ni las diagonales de Messi, sino de algo mucho más molesto: los detalles. Esos pequeños monstruos que viven en los rincones de los entrenamientos mal hechos y las concentraciones que se duermen después de la siesta.
Y no es que el equipo de Zavagnin no intentó. ¡Vaya si lo hizo! Entre Suleymanov (con un golazo de tiro libre que pareció más un insulto elegante a los porteros) y Joveljic (que metió un Panenka que hizo que se le bajara la presión a media tribuna), Sporting fue yendo entre el papelón y la épica por 90 minutos. Pero como suele pasar en los cuentos de niños, cuando el héroe se empieza a acomodar la capa, aparece un mosquito y lo muerde justo en la yugular. Y ahí se fue todo al demonio.
Los Timbers, en cambio, convirtieron cada saque de banda en un evento de catástrofe natural. David Ayala abrió el marcador como quien abre una puerta sin tocar el timbre, y Kevin Kelsy metió dos goles con más suerte que sentido. Y para completar la tragedia, Jansen Miller, central debutante como en tragedias griegas, coronó su jornada con un gol en contra de esos que hacen que tu madre te diga “¿no quisieras mejor volver al college y estudiar una carrera universitaria?”
El propio Miller, noble y entero, salió a dar la cara como un gladiador que sabe que no hay leones pero sí redes sociales. Dijo que el equipo está mejor, que la química se está dando, que no es culpa del DT nuevo, y que fue más bien una cuestión de “momentos”. Y claro, en el fútbol los momentos son como los cuartos de hora en el amor: si los desperdiciás, te dejan.
Zavagnin, por su parte, transpiraba intensidad en la conferencia de prensa. Dijo que lo suyo es poner el cuerpo, que hay cosas que no se pueden programar, que el mensaje pudo no haber sido el mejor, pero que los jugadores ya sabían lo que habían hecho mal. Y uno lo entiende, porque dirigir este equipo es como jugar al ajedrez con piezas que a veces deciden no moverse.
Eso sí: en ataque, las cosas no están tan mal. Tuvieron chances, tuvieron dos penales (uno convertido y otro atajado por Pantemis con un brazo milagroso), y hasta rompieron el récord de expected goals de la temporada. Pero el problema no está en lo que generan, sino en lo que regalan. Y en esta MLS donde todos corren como si el balón llevara billetes pegados, regalar es pecado capital.
La hinchada, noble y fiel, se fue con bronca pero sin silbidos. Porque este club, aunque anda cojeando, tiene memoria. Y porque el fútbol también es eso: aguantar. Aguantar sabiendo que habrá partidos como este, donde uno pone la mesa y el otro se lleva el postre. Donde los goles en contra duelen más que las tarifas a China , y donde cada saque de banda rival parece un misil tierra-aire.
El sábado que viene visitan San José. Otro equipo, otro estadio, otra oportunidad de no repetir los mismos errores. Pero si algo deja este partido es una enseñanza bien de barrio: en el fútbol, como en la vida, los partidos se pierden más por distracción que por debilidad.
Y mientras tanto, los hinchas —como siempre— seguirán esperando ese partido donde todo haga clic. Donde el gol de Suleymanov no sea una anécdota y el penal de Joveljic no quede tapado por la sombra de los errores propios. Porque si algo tienen estos muchachos, es ganas de hacerlo bien. Y si no lo hacen, al menos lo intentan con estilo. Y eso, querido lector, no es poca cosa.
La aficion tenia razon: Peter Vermes fue un grande y siempre va a ser parte de la historia de este club; pero los tiempos cambiaron y el futbol tambien; es hora de modernizar estrategias y lo que se vio hoy fue mas de lo mismo, como si una inercia empujara a estos gladiadores al pozo del que habian salido el fin de semana pasado.
Fin del despacho señores: Que no decaiga. Y si decae, que al menos lo haga con dignidad.